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Eugenio Severin

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    La necesaria reforma de la educación, que ha ocupado un lugar central en la campaña presidencial chilena, va a quedar corta si no considera la oportunidad de un cambio paradigmático en sus objetivos.

    Hasta ahora, la discusión ha estado focalizada en aspectos muy fundamentales, y que requieren de cambios urgentes, como el financiamiento y la organización institucional, las formas de provisión (y sus restricciones) y la eficacia y eficiencia de sus procedimientos. Sin embargo, si sólo (y ya es bastante) nos quedamos en estos aspectos, podremos avanzar con pasos de gigante en hacer cambios cosméticos a un sistema que requiere repensar el paradigma desde el que está construido.

    Suponga por un momento que contra todo veto legislativo, el nuevo gobierno que asumirá en marzo próximo en Chile, y que con gran probabilidad será liderado por Michelle Bachelet, logra impulsar su agenda de reformas, y alcanza los acuerdos y recursos necesarios para asegurar la gratuidad de la educación, el fin o al menos una estricta regulación del lucro, y un aumento significativo de los recursos disponibles para retomar la ampliación de la cobertura preescolar, y aún alcanza para mejorar algo los sueldos de los docentes y directivos. ¿Cuánto más cerca de una educación de calidad estaríamos? Mi sospecha es que no demasiado.

    Si uno mira lo que ocurre en el mundo, va a encontrar sistemas educativos organizados de las más diversas maneras, con muchos más recursos invertidos por niño de los que invertimos hoy en Chile y de los que invertiremos con las reformas propuestas, con y sin lucro, con sistemas públicos mucho más sólidos, y que están igual de descontentos con los resultados educativos que obtienen.

    Hay algo más de fondo en la falta de calidad en la educación, que tiene que ver con una concepción, diseñada desde la era industrial, de esta como un gran curso de capacitación para el trabajo que prepara a los niños durante 12 a 20 años para trabajar como empleados, trabajadores o ejecutivos, en sistemas productivos tradicionales. Los estudiantes reciben una formación ampliamente generalista y son tempranamente "orientados", según su rendimiento, pero fundamentalmente según sus condiciones de origen, para contribuir como obreros, trabajadores técnicos o profesionales, con bastante estricto apego a las oportunidades que pudieron ofrecerles sus padres. Las golondrinas de la excepción no alcanzan a hacer verano.

    Pero la sociedad industrial es pasado. Vivimos ya en pleno dominio de la sociedad del conocimiento, en donde la creatividad y la innovación son claves para el desarrollo pleno de cada persona y de la sociedad, en donde la abundancia de información requiere de mentes críticas y hábiles para el desarrollo de nuevo conocimiento, complejo e interconectado, en donde la abundancia de comunicaciones ha acortado las distancias, ha favorecido la expresión de la diversidad y en donde se hace imprescindible tener competencias para colaborar, comunicarse y construir con otros, incluso aquellos que están lejos, que no vemos y no hablan nuestra lengua ni creen en nuestros dioses.

    Si queremos volver a tener un sistema educativo de calidad en cualquiera de nuestros países en América Latina, tenemos que hacernos cargo de este enorme desafío de una educación del y para el siglo XXI. De lo contrario, sólo estaremos fortaleciendo una educación obsoleta en su fondo y sentido. Para eso,hay tres aspectos centrales que requieren más atención de la que han tenido en la campaña presidencial chilena, para estar en los primeros lugares de la agenda educativa:

    En primer lugar, el currículo nacional. Ajustes más o menos, en Chile tenemos un currículo diseñado en los años 90, y construido ya entonces mirando el espejo retrovisor, tratando de "actualizar" los contenidos de hace 20 años, en lugar de pensar en los 20 años que venían por delante. Es un currículo ridículamente sobrecargado, en que se hace difícil para los docentes establecer jerarquías y prioridades, y en donde todas las materias deben ser "pasadas", so penas del infierno para el colegio. Se requiere un currículo esencial y más flexible, que dé más espacio para el desarrollo de proyectos educativos diversos, que permita a docentes y directivos ser profesionales (y no meros aplicadores robotizados de la norma), pero sobre todo, un currículo mucho más orientado a desarrollar habilidades en los estudiantes que a obligarlos a memorizar contenidos.

    En segundo término, los docentes y la carrera profesional. Tenemos que ser capaces de duplicar el sueldo de los maestros en los próximos cinco años. Sí, leyó bien, duplicar el sueldo base de los profesores. ¿Todos los profesores? Sí, todos,... los que cumplan con requisitos más exigentes para el ejercicio docente, reflejado en una certificación de contenidos y competencias pedagógicas del más alto estándar. Para avanzar en esta línea, hay que incluir barreras más altas de entrada a la formación inicial, por ejemplo, no se puede entrar a pedagogía con menos de 650 puntos en el test de acceso a la educación superior (hoy ingresan con un puntaje menos que mediocre de 450 puntos). Acceso más exigente, pruebas regulares y habilitantes de certificación cada 10 años, y mucho mejores sueldos son requisitos indispensables para mejorar la calidad, las condiciones y el trabajo de nuestros docentes en el mediano y largo plazo. Lo demás es humo.

    Finalmente, la evaluación de los aprendizajes y la medición de la calidad. Hace unos días, los estudiantes de media docena de establecimientos educacionales de educación secundaria en Chile decidieron no rendir la prueba SIMCE, nuestros test estandarizado anual. Algunas autoridades enrostraron a los estudiantes por "echar la culpa de la enfermedad al termómetro". Es cierto, el SIMCE es un termómetro, y lo que leo en el fondo del reclamo de esos estudiantes (y lo que de no ser atendido va a tener un creciente apoyo en los próximos años) es que si bien prescindir del termómetro no cura a nadie, tampoco ayuda la obsesión instalada de creer que el termómetro que tenemos es suficiente para entender todos los problemas de calidad. La sacralización del termómetro, al punto de ordenar según su temperatura los incentivos a los docentes, los rankings de las escuelas, la información de los padres, hasta el ridículo de los semáforos del ex-ministro Joaquín Lavín, es lo que se ha vuelto inaceptable. Si el nuevo gobierno, y la Agencia de la Calidad que administra el SIMCE, quieren salvarlo, van a tener que abrirse de una vez a considerar sistemas más completos, más complejos y más colaborativos de medición. ¿Qué sentido tiene hoy una prueba cuyos resultados se conocen al año siguiente, sin dar ninguna posibilidad a escuelas y docentes para tomar medidas de mejora sobre los estudiantes que son medidos? ¿Qué sentido tiene perseverar en pruebas que sólo miden algunas asignaturas, que lo que buscan establecer es la cobertura y efectividad de las escuelas para cumplir la norma curricular (ver el primer punto, dos párrafos atrás) pero que son incapaces de apoyar procesos de mejora en las escuelas y en las prácticas de los docentes?

    La buena educación, a la que aspiramos en toda nuestra región y la que constituye un derecho de todos los ciudadanos, no se alcanza sólo con acceso más amplio, sistemas más eficientes, y más inversión. Todo ello es necesario, imprescindible en realidad, pero si dejamos pasar la ocasión de pensar los núcleos centrales de nuestro paradigma educativo, podríamos terminar en corto plazo, con una nueva frustración en nuestros anhelos de países más justos, más inclusivos y mejor educados.

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    ¿Qué significa "aprender" en el siglo XXI? En tiempos de debate, en que la mirada parece tan puesta en la educación, vale la pena volver a la pregunta esencial, ya que corremos el riesgo de conformarnos con arreglar un par de leyes y reglamentos, agregar un poco más de plata por aquí, un poquito de supervisión por allá, y creer que tenemos un nuevo sistema educativo.

    Aprender en el siglo XXI es una necesidad evidentemente nueva. Este el siglo en que un conjunto de experiencias educativas existentes e innovadoras, aunque acotadas y específicas, se irán transformando en la nueva norma, en la forma natural y evidente de ordenar la oferta educativa. La sociedad del conocimiento demanda nuevos conocimientos y competencias, y ofrece nuevas herramientas y manera de acceder a ello. Esa es la novedad principal.

    ¿Qué características centrales tiene el aprendizaje en el siglo XXI? Me parece que hay cuatro condiciones que se impondrán en este siglo para las cuales debiéramos estar preparando nuestros sistemas educativos.


    1. Centrado en los estudiantes 
    La educación masiva, democrática e industrial que consolidó el siglo XX ha alcanzado su umbral de productividad, y es incapaz de hacerse cargo de los nuevos desafíos: la diversidad en las aulas, el acceso de los estudiantes en contextos desaventajados, la conexión de la experiencia escolar con la construcción de conocimiento y la productividad. Cada estudiante es una tarea y el desarrollo de su potencial personal, el de cada uno, es la obligación de los sistemas escolares un trabajo personalizado que reconozca ritmos, intereses, capacidades y trayectorias diferenciadas, para que cada uno cuente con las habilidades y competencias que demanda la sociedad del conocimiento.

    2. Experiencias de aprendizaje
    Nuevas pedagogías y nuevos maestros, capaces de proponer experiencias de aprendizaje significativas a cada estudiante. Mucho más tutoría y coaching que dictado de clases y contenidos. Estudiantes mucho más activos para descubrir, crear, construir y compartir conocimiento y docentes que los acompañan en ese proceso, con amplio acceso a datos, opciones metodológicas, contenidos ricos (interactivos y multimedia) y con foco en un currículo básico (matemáticas, lengua, ciencias, artes), pero sistemas flexibles para participar y avanzar.

    3. 24/7
    Existen oportunidades para el aprendizaje en todo momento y lugar, mucho más allá de la escuela como espacio educativo exclusivo. Los medios de comunicación, los dispositivos móviles, la conectividad, las redes sociales y de colaboración ofrecen oportunidades para el aprendizaje continuo.

    4. Ecosistema educativo alineado y focalizado
    Todo el sistema escolar, desde los ministerios nacionales hasta las organizaciones locales, debe simplificar su mirada y su organización para estar alineado y focalizado en torno al aprendizaje de los estudiantes. Cada actor tendrá claramente definido su rol en torno a los ejes anteriores: su tarea es el aprendizaje de cada estudiante; ofrece apoyo para el desarrollo de las experiencias educativas significativas, disponibles para el aprendizaje en todo momento y lugar (flexibilidad).

    Estos cuatro conceptos nos obligan a revisar la forma en que se desarrolla la carrera docente (desde a quiénes convoca, hasta cómo son preparados y compensados), el currículo, la organización de la escuela y el tiempo escolar, la infraestructura y los contenidos, la forma en que evaluamos y medimos los logros.

    Algunos pueden seguir mirando hacia atrás, lamentando que las escuelas no logren alcanzar los niveles de calidad que esperamos, buscando culpables y soñando con recuperar lo que un día fueron. Yo prefiero que hablemos del futuro, de la educación que nuestros hijos y nuestros nietos van a vivir, de las claves que harán de ellos, no estudiantes del siglo XIX, sino aprendices del siglo XXI.
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    Es fácil concordar en que los estudiantes deben desarrollar nuevas habilidades para vivir, trabajar y ser parte de la sociedad del siglo XXI. Sin embargo, hasta ahora se ha hecho poco por definir claramente cuáles son esas habilidades, cómo pueden ser medidas y cómo pueden ser enseñadas. ATC21S es una alianza académica mundial, liderada por la Universidad de Melbourne y auspiciada por Intel, Microsoft y Cisco, que se ha propuesto cubrir este déficit. En América Latina y el Caribe también somos parte de este esfuerzo, y el BID junto al gobierno de Costa Rica están trabajando para ello.

    Con mucho gusto anunciamos una nueva publicación sobre este tema escrito por Eugenio Severin, Especialista Senior de Educación del Banco Interamericano de Desarrollo. La publicación se puede encontrar aquí.


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    Hace tiempo que creo que muchos de nuestros líderes educativos han impulsado reformas en nuestros sistemas educativos pensando en una lógica de "mejoras" a un sistema diseñado hace siglos, sin preguntarse si éste sigue siendo una respuesta adecuada a las necesidades del siglo XXI.

    Con las mejores intenciones nuestros reformadores se han enfocado en "parchar" el sistema educativo, para que vuelva a entregar el nivel de calidad que supuestamente alguna vez tuvo. Pero no se trata del sistema (los directivos, los profesores, el tiempo escolar, los computadores, los libros), sino de la educación. De volver a hacerse la pregunta fundamental: ¿Para qué mundo estamos preparando a los estudiantes de hoy?

    La educación debiera ser siempre una apuesta por el futuro. Prácticamente todos los ámbitos de la sociedad han cambiado dramáticamente en los últimos treinta años, impulsados por las tecnologías y otros factores. De esto todos nos damos cuenta.

    Recuerdo que de niño a adolescente, cada uno de mis controles médicos fueron hechos por el doctor Patricio Middleton. En su consulta o en mi casa, casi sin diferencias entre cada cita, apenas se apoyaba en un termómetro, un martillito en mis rodillas y una luz para revisar mi garganta, ojos y oídos. Tres preguntas sobre los síntomas, y ya teníamos un diagnóstico y un tratamiento. Mal no lo hizo el doctor, si aún sigo aquí, vivo y sano. Pero no veo a nadie diciendo que debiéramos renunciar a los enormes cambios y avances que la tecnología ha ofrecido para el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades.

    Ser médico es radicalmente diferente hoy que hace treinta años. Ser ingeniero, abogado, periodista, diseñador y, casi cualquier profesión, también. Para qué mencionar las muchas actividades laborales que hace treinta años ni siquiera existían. Ser docente, en cambio, es más o menos lo mismo. Dramáticamente, ser estudiante tampoco es muy diferente.

    Incluso experiencias aparentemente exitosas en sus resultados educativos, en algunas escuelas, fundaciones o municipios, lo son según las métricas del pasado. ¿O alguien de verdad cree que la educación termina en los resultados de PISA, TIMMS o cualquier test estandarizado?

    Es más fácil echarles la culpa a los profesores, las universidades, la falta de recursos económicos, los padres, el contexto, que hacerse la pregunta de fondo. Me parece especialmente injusto el juicio global que se tiene sobre los docentes. Por supuesto que hay algunos que nunca debieron estudiar pedagogía ni llegar a una escuela, pero estoy seguro de que la mayoría intenta un trabajo heroico. He visto a tantos de ellos frustrados, atrapados en un sistema que los obliga a cumplir un currículo y una secuencia que ellos se dan cuenta que no funciona y, sin embargo, no pueden modificar sustancialmente.

    ¿Tiene sentido que en un contexto de tanta mayor diversidad, el sistema educativo siga agrupando a los estudiantes por el simple criterio de la edad? ¿Se explica seguir ofreciendo a todos ellos el mismo currículo, en la misma secuencia y con la misma metodología, sin considerar las características y los intereses de cada estudiante? ¿Vamos a seguir rankeando y castigando a las escuelas y los docentes por los resultados en test estandarizados de lenguaje y matemáticas, sin considerar otras variables que enriquezcan la calidad de la oferta educativa? ¿Vamos a seguir desgastándonos en la discusión sobre la institucionalidad de la educación en lugar de preguntarnos cuáles son las habilidades y las competencias que debieran estar desarrollando nuestros estudiantes, cómo medirlas y enseñarlas?

    Como en la imperdible Fábula de los Cerdos Asados, es una pena que, enredados en corregir el pasado, no avancemos en crear el futuro.

    Pensar de nuevo desde lo esencial, nos obligará a pensar una oferta educativa mucho más personalizada y flexible, centrada en el desarrollo de habilidades y competencias específicas (creatividad e innovación, pensamiento crítico, colaboración y comunicación, entre otras) y mucho más conectada con la sociedad en la que se encuentra.
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    Fuente de la imagen: http://www.sxc.hu
    Las formas de creación y difusión del conocimiento, las estructuras de producción y las formas de participación social, han cambiado radicalmente en los últimos 20 años y estos cambios tienen sin duda una repercusión relevante en las expectativas que la sociedad tiene respecto de los sistemas educativos. Es perfectamente legítimo preguntarse qué entendemos por una educación de calidad en el siglo XXI, con la certeza de que la respuesta a esa pregunta será algo muy distinto de las escuelas que hemos heredado del siglo XX.

    El gran desafío de la educación del siglo XX fue la democratización. Hacer que TODOS los niños tuvieran acceso a MÍNIMOS educativos que les permitieran desenvolverse en la sociedad, como ciudadanos y trabajadores competentes. América Latina en general fue particularmente exitosa en este esfuerzo, especialmente si se compara su avance con los indicadores de los años 80-90.

    Sin embargo, todos percibimos con claridad la insuficiencia de este empeño. Hoy más niños están en las escuelas, pero los resultados educativos están muy lejos de tranquilizarnos. Y no sólo porque los mismos test internacionales nos muestran la brecha enorme que nos separa de los países desarrollados, sino porque notamos cómo la escuela, en su forma actual, aparece impermeable y rígida para abordar los desafíos que el siglo XXI le propone.

    La gran pregunta del siglo XXI a la educación será cómo hacemos para seguir ofreciendo una educación que atiende a TODOS, pero que ofrece espacios y estrategias para desarrollar en CADA estudiante su MÁXIMO potencial.

    Hay dos tendencias que representan este desafío de la educación del siglo XXI. La primera es que, luego del enorme esfuerzo de democratización de la educación en el siglo XX, la calidad pasa necesariamente por hacerse cargo de la diversidad que las escuelas han acogido. Los sistemas educativos de elite y homogéneos, dieron paso a sistemas masivos y altamente heterogéneos. Esta condición está en la raíz de las dificultades que enfrentan los países para mejorar la calidad de sus resultados educativos.

    El esfuerzo de personalización requiere de una organización de la oferta educativa bastante diferente de la que tenemos hoy, mucho más flexible y abierta, que sea capaz de distinguir y reconocer en cada niño y niña sus habilidades e intereses, explotar colaborativamente su propio potencial, conectado con su entorno social y cultural. Esto requiere de sistemas y prácticas para los que la escuela de hoy no está preparada.

    Competencias del Siglo XXI
    Maneras de Pensar
    1. Creatividad e Innovación
    2. Pensamiento crítico, resolución de
      problemas y toma de decisiones
    3. Aprender a aprender, Meta cognición
    Manera de trabajar
    1. Comunicación
    2. Colaboración y trabajo en equipo
    Herramientas de Trabajo
    1. Alfabetización Informacional
    2. Alfabetización Digital
    Vivir en el Mundo
    1. Ciudadanía, local y global
    2. Vida y Carrera
    3. Responsabilidad personal y social,
       incluyendo conciencia cultural y
      competencia
    Fuente: ATC21S Project (2010)
    La segunda tendencia y desafío es cómo las escuelas prepararán a sus estudiantes para enfrentar un futuro laboral y un ejercicio ciudadano marcado por el cambio permanente, donde se requiere, por tanto, de pensamiento crítico, flexibilidad, creatividad y desarrollar la aptitud para un aprendizaje permanente.

    Estas han sido llamadas las Competencias del siglo XXI y están llamadas a apoyar el reordenamiento de los sistemas educativos, en orden a preparar a los estudiantes con mayor pertinencia. Ello implica encontrar mejores instrumentos para medir estas habilidades, preparar a los docentes para desempeñar nuevos roles, identificar y extender nuevas prácticas educativas que fortalezcan el desarrollo de estas competencias, contar con recursos educativos y plataformas de soporte que sostengan y apoyen estos nuevos aprendizajes.

    Estas dos tendencias representan un desafío de la mayor relevancia para los sistemas educativos, en particular en América Latina, donde se debe enfrentar el desafío de la calidad, de manera de avanzar en la competitividad y el desarrollo económico, sin abandonar el esfuerzo por la ampliación de la cobertura en contextos de alta desigualdad.

    Su desarrollo pasa ineludiblemente por sacar provecho del desarrollo tecnológico. El uso de tecnologías en educación no se relaciona con la cantidad de dispositivos digitales distribuidos por los gobiernos, sino con la forma en que los sistemas educativos integran el uso de tecnologías de manera holística, para impulsar y apoyar los cambios que les permitan alcanzar aprendizajes pertinentes a las demandas de la sociedad.

    Las decisiones de política educativa del presente son las que nos acompañarán los próximos años. La actual discusión sobre educación es una buena excusa para hacernos la pregunta de fondo: ¿estamos buscando respuestas a las preguntas del siglo XXI o seguimos tratando de remendar nuestra educación del siglo XX?
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    Consultor en educación.

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