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Eugenio Severin

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    Escrito junto a Mario Waissbluth
    Publicado en "El Mostrador" el 6 de febrero de 2014

    Atorvastatina es una droga utilizada para controlar el colesterol, se consume masivamente, y la caja cuesta $2 mil pesos. El producto de marca, Lipitor, cuesta $46 mil. Un ejército de visitadores recorre las clínicas ofreciendo regalos, viajes, y prebendas para inducir a los médicos a recetar el de marca, en centenares de medicamentos.

    Felizmente, el gobierno hace poco promulgó la Ley de Fármacos, estableciendo la obligación de los médicos de colocar en la receta el nombre comercial y la denominación genérica de los medicamentos. Por supuesto, hubo lobby y chillidos, aduciendo que los de marca son mejores. Uno de nosotros, Mario, ha usado el genérico Alopurinol por años, que cuesta 20 veces menos que el de marca (Zyloric). Los niveles de ácido úrico en su sangre siguen perfectamente controlados.

    Ahora, sustituya Zyloric o Lipitor por el texto escolar de matemáticas o física de 2º Medio y la situación es casi idéntica, pero, en este caso, sin acción gubernamental o parlamentaria alguna. El 2012, el Ministerio de Educación entregó alrededor de 5 textos gratuitos a 3 millones de estudiantes. El costo fue de $22 mil millones de pesos. Agregando distribución, los textos escolares cuestan cerca de mil quinientos pesos cada uno, ya en manos del alumno. Los “de marca”, virtualmente idénticos a los licitados por MINEDUC, cuestan entre 10 y 20 veces más. Las editoriales (las mismas que le venden los textos a MINEDUC) le agregan algunas paginitas más, un instructivo para los profesores, y así aducen que son textos “de calidad superior”. Lipitores educativos, que además se cambian levemente todos los años. Cuesta creer que la forma de enseñar matemáticas mute anualmente.

    SEGREGACIÓN Y LUCRO EDITORIAL VAN DE LA MANO

    Copiamos a continuación uno de muchísimos testimonios que nos han llegado por las redes sociales, del director de una escuela particular subvencionada con más de mil alumnos, que cobra un copago sustancial:

    “Como Director de colegio recibí a los vendedores de textos, muy interesados en hacer un ‘convenio’, para lo cual, efectivamente, nos ofrecieron hasta viajes al extranjero (para los directivos) y un montón de ‘regalías’ adicionales, tales como talleres para profesores, material didáctico audiovisual, donación de libros, aportes para eventos, giras, agendas, aportes para premiaciones, etc. Revisamos y comparamos con los textos MINEDUC y eran prácticamente iguales. Sin embargo, finalmente el sostenedor decidió que debíamos adscribirnos a los textos comprados, rechazando los gratuitos del MINEDUC, pese a nuestro informe, argumentando que de esta forma se ‘filtra’ mejor al tipo de alumno que deseaban ‘captar’… o sea, segregación camuflada”.

    El 2012, el Ministerio de Educación entregó alrededor de 5 textos gratuitos a 3 millones de estudiantes. El costo fue de $22 mil millones de pesos. Agregando distribución, los textos escolares cuestan cerca de mil quinientos pesos cada uno, ya en manos del alumno. Los “de marca”, virtualmente idénticos a los licitados por MINEDUC, cuestan entre 10 y 20 veces más. Las editoriales (las mismas que le venden los textos a MINEDUC) le agregan algunas paginitas más, un instructivo para los profesores, y así aducen que son textos “de calidad superior”. Lipitores educativos, que además se cambian levemente todos los años. Cuesta creer que la forma de enseñar matemáticas mute anualmente.
    Este colegio obliga a sus apoderados a gastar cerca de $160 mil pesos anuales por alumno, rechazando textos gratuitos prácticamente idénticos. Algunos profesores en las redes sociales afirman que son virtualmente iguales, otros reclaman que los textos del MINEDUC son “peores” y con errores. Si fuera cierto –es dudoso– la inmoralidad de las editoriales, al producir textos “peores” para algunos alumnos y “mejores” para otros, sería inconcebible. Por otro lado, tal vez para MINEDUC estos textos “mejores” podrían salir costándole mil setecientos pesos en lugar de mil quinientos, incluyendo instructivos y hojas de ejercicio.

    Doble negocio. Los colegios segregan más eficazmente, y las editoriales, a ojo de buen cubero, se están embolsando anualmente algo así como US$ 200 a 300 millones financiados por los apoderados de colegios particulares. Para comparación, el monto total del financiamiento compartido en Chile bordea los US$ 600 millones. El apoderado que está pagando $15 mil mensuales de copago, en realidad está pagando el doble si se le agregan los libros.

    CAMBIOS INMEDIATOS

    En primer lugar, la Superintendencia de Educación debería ser rigurosa en vigilar el cumplimiento del instructivo recientemente emitido: “Los padres y apoderados tienen el derecho a saber si los alumnos contarán con los textos escolares gratuitos que proporciona el MINEDUC. El director, a más tardar al momento de la matrícula de los estudiantes, deberá informar por escrito a todos los padres y apoderados su decisión sobre los textos escolares 2014″.

    En segundo lugar, los apoderados debieran tomar conciencia de este escándalo y, a través de los Centros de Padres, organizarse para exigirles a los colegios que les muestren los libros del MINEDUC, se comparen, y se les den buenas razones para incurrir en tamaños desembolsos… si es que fuera necesario.

    TECNOLOGÍA DIGITAL PARA SOLUCIONES ESTRUCTURALES

    Hay soluciones más estructurales. Uno de nosotros (Eugenio) lleva casi una década proponiendo –sin ser escuchado– separar la licitación de textos escolares en dos: una por los contenidos, entregando al Ministerio los derechos de uso de ese contenido sobre cualquier plataforma de distribución y a perpetuidad, de manera de ir generando un banco de contenidos educativos, y otra licitación separada para la impresión y distribución de los textos en papel o en medios electrónicos. Con esto, se podría ofrecer a todos los niños de Chile contenidos educativos de idéntica calidad, tal vez los mejores del mundo, a costos ínfimos.

    Si este cambio de modalidad licitatoria incorporara además textos digitales, instalados en un dispositivo de lectura (eReader) o en una tableta de bajo costo, cada año se podría agregar o modificar el contenido para actualizarlo, de manera remota, sin necesidad de bodegas, inventarios ni camionetas, sin daño ecológico ni destrucción de árboles. Si los dispositivos incluyeran la función touch, podrían incluirse allí mismo las actividades que los estudiantes deben realizar en ellos.

    El costo de estos dispositivos anda hoy entre 40 y 50 mil pesos, es decir, el equivalente a tres de los cinco o seis costosos “lipitores educativos” que están siendo obligados a comprar los apoderados de algunos colegios pagados o subvencionados cada año. Estos eReaders podrían incluir además bibliotecas completas de textos, desde jardín infantil hasta 4° medio, cuentos para niños, y lo que se desee agregar como material educativo.

    Las pruebas que se han hecho hasta ahora han demostrado escasas diferencias en la comprensión lectora y en la retención, cuando la experiencia de lectura es en dispositivos digitales o libros impresos. Cualquier error en un texto podría corregirse en cosa de minutos y cualquier cambio curricular podría verse reflejado en los textos escolares en cosa de días.

    El Ministerio de Educación paga recurrentemente por el mismo contenido, ya que las editoriales le venden cada año casi el mismo texto, con ajustes menores, manteniendo ellas los derechos de autor y los derechos de uso sobre el contenido. Se rompería así el monopolio que hoy día detentan las empresas editoriales, basado en el poder de sus imprentas y no en la calidad intrínseca de su contenido. Ello permitiría la participación de muchos otros proveedores de contenido, empresas y personas, especialmente docentes, que podrían ofrecer contenido de calidad. Esto facilitaría además enriquecer sustancialmente esfuerzos iniciales como el desarrollado por el MINEDUC con la iniciativa “Currículum en Línea”.

    IMPLEMENTACIÓN GRADUAL

    Para evitar una “catástrofe digital”, esta solución se puede implementar gradualmente, comenzando por los primeros cuatro años de enseñanza, agregando cada año dos nuevos niveles, partiendo por las regiones más remotas, y avanzando cada año hasta el centro. De esta manera, todos –autoridades, editoriales, profesores y estudiantes–, podrán hacer una transición suave, en cuatro a cinco años, hasta que todo el sistema esté digitalizado. Y cuando los niños ya estén conectados, surgirán cientos de posibilidades de comunicación, gestión escolar, trabajo en red, listas para ser utilizadas.

    Un niño, una familia, un eReader, una clave de uso para que estos dispositivos no se anden transando en el mercado negro, licencias masivas del hardware y los textos, y saltamos de un golpe al siglo XXI en materia de textos escolares, tal como ya lo hizo Corea del Sur y como acaba de anunciarlo Estados Unidos. Vamos que se puede.
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    Cuando el Ministerio de Educación distribuye textos escolares, en realidad está haciendo tres cosas bien distintas al mismo tiempo: está seleccionando contenido educativo, está comprando papel impreso y está pagando para que todo ello llegue a todas las escuelas. ¿Cómo podrían cambiar estas tres operaciones si el Ministerio de Educación se decidiera a digitalizar los textos escolares, como ya lo ha hecho Corea del Sur y como acaba de anunciarlo Estados Unidos?

    El cambio más evidente es el de la distribución. Con textos digitales, puestos en un dispositivo de lectura digital (eReader) o en una tableta de bajo costo, cada año se podría agregar o modificar el contenido para actualizarlo, de manera remota, sin necesidad de bodegas, inventarios, camiones y camionetas, que como sabemos, no siempre llegan a destino. Si los dispositivos incluyeran la función touch (como de hecho lo hacen todas las tablets y varios de los eReaders ya presentes en el mercado) podrían incluirse allí mismo las actividades que los estudiantes deben realizar en ellos.



    En el caso de la impresión, sólo veo ventajas en el cambio. En primer lugar, el impacto ambiental de miles de hojas impresas, de cientos de vehículos recorriendo kilómetros para llegar hasta todas las escuelas, cada año. Además, las pruebas que se han hecho hasta ahora han demostrado muy escasas diferencias en la comprensión lectora y en la retención, cuando la experiencia de lectura es en dispositivos digitales o libros impresos, a veces a favor de una, a veces de la otra experiencia. Cualquier error en un texto podría corregirse en cosa de minutos y cualquier cambio curricular podría verse reflejado en los textos escolares en cosa de días.

    En relación al contenido, como escribí hace un tiempo, el Ministerio de Educación paga recurrentemente por el mismo contenido, ya que las editoriales le venden una y otra vez casi el mismo texto (con ajustes menores casi siempre), manteniendo ellas los derechos de autor y los derechos de uso sobre el contenido. Si el Ministerio de Educación, desde ya, separara esta licitación de las otras dos, comprando los derechos de uso del contenido educativo sobre cualquier plataforma, estaría dando tres pasos enormes. Primero, porque rompería el monopolio que hoy día detentan las empresas editoriales basado en el poder de sus imprentas, y no en la calidad intrínseca de su contenido. Ello permitiría la participación de muchos otros proveedores de contenido, empresas y personas, especialmente docentes, que podrían ofrecer contenido de calidad. Segundo, porque permitiría generar un banco de contenidos diverso y creciente, que permitiera a los docentes y los estudiantes usar estrategias diferenciadas según el contexto social, según los gustos e intereses de los alumnos, según la consistencia de las unidades temáticas entre sí y combinadas con otras asignaturas. Y tercero, porque de esta manera podría abrirse a una nueva variedad de tipo de recursos, ya no sólo páginas impresas, sino también vídeos, animaciones, aplicaciones interactivas, experiencias en red, actividades de evaluación, etc. Si a esto se agrega que, ya que tenemos los dispositivos en manos de los estudiantes, podemos llenarlos de libros apropiados para cada edad y nivel, mejorando la disponibilidad de las bibliotecas escolares para que estén siempre "a la mano" de los estudiantes y sus familias. Y si ya están conectados, tenemos cientos de posibilidades de comunicación, gestión escolar, trabajo en red, listas para ser utilizadas.

    Por supuesto que esto no es algo que se pueda hacer de la noche a la mañana. Requiere muchos cambios normativos, logísticos y sobre todo culturales. Requiere hacerse cargo de los intereses poderosos que sostiene la situación actual. Y requiere decisión política. El ministerio ya gasta 21 mil millones de pesos cada año en la compra y distribución de textos impresos, otros 6 mil millones en bibliotecas escolares y casi 50 mil millones en el programa Enlaces. Sin apenas invertir muchos más recursos, en 4 años podría transitar hacia una política universal de textos escolares digitales. Para muchos países de América Latina, esto es un sueño imposible. Chile podría hacerlo realidad si contara con esa voluntad y la audacia para abordar el cambio.

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    Hace siete años, yo trabajaba en la Fundación Chile cuando visitamos al encargado de la Unidad de Textos Escolares del Ministerio de Educación, para convencerlo de iniciar la preparación del sistema escolar chileno para los textos escolares digitales, que sin duda serían, y serán, una realidad más temprano que tarde. Por supuesto, estábamos conscientes de que Chile no estaba entonces, ni está ahora, en condiciones de reemplazar los textos impresos por alternativas digitales. Pero nos parecía impostergable empezar a prepararnos.

    Lo más importante, planteamos en esa reunión, era separar la licitación de textos escolares en dos: una por los contenidos, entregando al Ministerio de Educación los derechos de uso de ese contenido sobre cualquier plataforma de distribución y a perpetuidad, de manera de ir generando un banco de contenidos educativos, y otra licitación separada para la impresión y distribución de los textos en papel. Basta ver la realidad hoy, para notar que nos fue bastante mal en la reunión. El ministerio sigue gastando 11 mil millones de pesos ($11.000.000.000) cada año para distribuir lo mejor que puede cajas de libros impresos, comprados como unidades cerradas a las grandes editoriales, y sin formar ese banco de contenidos y actividades curriculares digitales. Tal vez este sea el momento de insistir con la idea.


    El próximo jueves 19 en Nueva York, Apple presentará un nuevo producto para la educación, y si todos los rumores resultan ciertos, se tratará de una plataforma de textos escolares digitales. En la biografía de Steve Jobs escrita por Walter Isaacson, ya se anunciaba que este era uno de los proyectos en los que el fundador de Apple estaba trabajando al morir. Y no es cuestión de tomarlo a la ligera, considerando que esta es la empresa que revolucionó el mercado de la computación personal, el diseño y la publicación impresa, la telefonía, la música y más recientemente, los medios de comunicación impresa. No son los primeros: ya comentamos antes que Corea del Sur ya ha comenzado a utilizar solo textos escolares digitales en sus escuelas.

    ¿Qué se puede esperar de este lanzamiento y de los cambios que podría significar para la vida de los estudiantes y los docentes en el futuro?

    Los textos escolares digitales tendrán características muy distintivas de sus predecesores de papel. Y no me refiero solo a lo evidente: videos, animaciones interactivas que los estudiantes podrán manipular para entender mejor un contenido, actividades de experimentación, diccionario y enciclopedia incorporados. Además, podrán ser fuente de creciente trabajo colaborativo, permitiendo que los estudiantes trabajen en actividades con sus compañeros de curso, hagan preguntas a sus docentes en línea e incluso puedan comunicarse con otros estudiantes de otras escuelas, ciudades y países que están trabajando sobre contenidos similares. Los textos escolares digitales serán la puerta de entrada a las redes sociales educativas. Y si todavía no ve el potencial, imagine textos que incluirán evaluaciones de aprendizaje, mediante los ejercicios de experimentación y test incorporados, de manera de conocer el nivel de progreso de cada estudiante, ofreciéndole contenidos calibrados según ello, diferenciados y personalizados, reportando a los docentes el progreso de cada estudiante de su clase.

    ¿Qué anunciará Apple el jueves y cómo eso determinará el futuro de los textos escolares? Eso nadie lo sabe, pero tenemos opciones con las cuales especular. Hasta ahora Apple ha seguido tres modelos de negocio distintos con los contenidos digitales. En el caso de la música, mediante la posibilidad de comprar canciones individuales a un costo bajo, sin necesidad de comprar el disco entero. ¿Será que las escuelas y los docentes podrán comprar unidades temáticas por separado, escogiendo entre la oferta de grandes y pequeñas editoriales, armando textos escolares a la carta, para luego distribuirlos digitalmente a sus estudiantes?

    En el caso de los libros, revistas y diarios, Apple ha estado tratando de innovar en el formato, permitiendo en ellos el despliegue de contenidos multimedia e interactivos, a los que los usuarios acceden a un costo similar (levemente inferior) a los de versiones previas en papel. Creo que esto será sin duda parte de la oferta de Apple, e implicará acuerdos con las grandes casas editoriales.

    Finalmente, en el caso de las aplicaciones, Apple ha sido más audaz. Ha abierto una enorme libertad para que empresas y también desarrolladores independientes, preparen y ofrezcan su trabajo, gratis o proponiendo el precio que les acomode, generando una enorme oferta disponible. ¿Ofrecerá Apple la opción de que docentes entusiastas desarrollen y compartan su trabajo, creando más diversidad y una amplia oferta para quienes quieren acceder a los textos escolares digitales, permitiendo que las comunidades escolares no sean solo consumidoras, sino también productoras de contenidos?

    Faltan pocos días para resolver estas y otras dudas muy relevantes, por ejemplo si se trata de una iniciativa que solo funcionará sobre dispositivos de Apple, como iPads, iPods y iPhones, o funcionará en otras plataformas. Falta algo más de tiempo para que en Chile las escuelas y los estudiantes puedan contar con las ventajas de los textos escolares digitales, pero tal vez valdría la pena empezar a prepararnos. Tal vez ahora haya alguien en el Ministerio de Educación dispuesto a escuchar la idea y avanzar.
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